Miré el horario de llegada de los autobuses, aún quedaban 30 minutos para que llegase el próximo. Hice caso a Marie, ella siempre suele tener razón. Volví a la heladería con mi mochila sobre los hombros. No me cogía muy lejos, llegué en unos cinco minutos. Hacía mucha calor, pero se aguantaba.
Entré a la heladería, la cual tenía la puerta cerrada para que se quedase el frío del aire acondicionado. Estaba a una temperatura totalmente perfecta. Me acerqué al mostrador y allí estaba Jade. Ni siquiera me sonrió, solo me trató como a un cliente más. Aunque realmente siento que es eso lo que soy. Apenas la conozco.
—Hola, ¿qué desea?
—Hablar con usted.
—Lo siento, señor, eso no está en el menú. Tenemos helados, graniz..
—Me voy con mi padre un par de días —interrumpí—. Quería despedirme al menos.
—¿Despedirse de quién? Aquí solo trabajo yo, y mi padre no se encuentra en estos momentos en el local. Le puedo dejar un recado.
—Vamos, Jade, sabes que vengo a despedirme de ti.
—¿De mí? No se quien es usted.
—¿Por qué llevas entonces mi nombre escrito en el brazo?
—Oh, vaya —dijo tapando su brazo—. Errores que comete una.
—¿Vas a seguir en ese plan?
—Puede que sí, puede que no.
—Tengo que irme, el autobús llega en 15 minutos. Adiós, Jade.
—Adiós.., Matty.
Salí de la heladería sin ni siquiera volver a mirarla. Fuí a la estación, aún quedaban 8 minutos para que llegase el autobús, así que me senté a esperar. Marie apareció sentada junto a mi. No dijo más que unas palabras y desapareció. No se lo que quiso decir con ellas. Dijo: «No sabes lo mucho que la vida puede llegar a sorprenderte, e incluso confundirte. Es impredecible».
Un par de minutos antes de que llegase el bus, oí la voz de alguien llamándome. Era una voz conocida. Giré la cabeza hacia la izquierda y no había nadie, la giré a la derecha y volví a encontrarme con sus ojos verdes.
—¿Cómo te atreviste a irte sin darme un abrazo, Matty? —sonrió—. Ven aquí, anda. Siento haberme puesto así, sé que apenas nos conocemos pero.., bueno, soy tonta y ya.
—Hey, no eres tonta. No te preocupes.
Abracé a Jade y me sentí realmente bien. El autobús, como siempre, no llegaba a su hora exacta, así que nos quedamos charlando unos 10 minutos hasta que llegó. Cuando llegó volví a abrazarla, me monté al bus, pagué el viaje y me senté en uno de los asientos junto a la ventanilla. Pude ver a Jade alejándose y desapareciendo entre la numerosa cantidad de gente cargando maletas. El autobús finalmente arrancó y me llevó a mi próxima parada, la ciudad de al lado, donde vivía mi padre.
Cuando llegué allí, estaba mi padre en la estación con Ethan esperándome. Junto a ellos había una mujer de pelo color rojo cobrizo, un poco más baja que mi padre, delgada. Estaba agarrada a la mano de mi padre, así que supongo que será Lisa, su nueva novia. Saludé a todos y fuimos a casa de mi padre a dejar mi mochila. Después fuimos a la playa. Ethan se metió corriendo al agua con Lisa. Mi padre y yo nos quedamos en las toallas sentados sobre la arena, hablando. De fondo podía oír el precioso sonido de las olas rompiendo contra la orilla. Se podía oler el mar, sentir la brisa del atardecer. Era todo realmente precioso.
—Bueno, hijo, cuéntame. ¿Qué tal todo?
—Todo ha cambiado mucho, papá. Supongo que ya te contó Ethan lo que pasó con Marie.
—Sí, me lo contó. Lo siento mucho, de verdad. Pero ahora estás mejor, ¿no?
—Lo llevo medio superado, pero aún la echo muchísimo de menos. Por eso vine. Necesitaba despejarme un poco de todo. Siempre ando evadido en mis pensamientos.
—Sabes que debes continuar tu vida, Matty.
—Mi vida era ella, papá.
—No debes dejar que alguien sea todo para ti, pues si esa persona se va, ese todo se convierte en nada —aconsejó—. Es lo que a mi me pasó con tu abuela cuando murió.
—Lo sé, papá. Pero llevábamos 3 años juntos, era prácticamente imposible que no fuese todo para mi.
—Bueno, hay más chicas a parte Marie.
—Hace unos días conocí a una chica, Jade. Trabaja en la nueva heladería que han abierto en el pueblo. Es realmente guapa. Ojos verdes, mirada limpia, pura. Una sonrisa alucinante. Un cuerpo precioso. Y lo poco que conozco de ella, es asombroso. Es.., no sé, es extraño —sonreí—. Pero por otra parte siento que traiciono a Marie.
—No la traicionas. Estoy seguro de que Marie estaría muy contenta.
—¿Tú crees? —pregunté.
—Estoy seguro, dije. ¿Por qué no intentas quedar con Jade?
—Es que apenas la conozco, papá.
—Se trata de conocerla. Piénsalo.
Mi padre terminó la conversación con esa última frase, la misma que me hizo pensar durante largos minutos.
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