A medida que Maddie se iba alejando, Marie se acercaba a mi, con gesto enfadado. Yo no le hacía caso. Seguía mi camino hasta casa, cabizbajo. Marie me seguía, parecía que esperaba algo, pero no quería discutir con ella. Me iban a tratar de loco, y.., no es muy agradable la idea.
—¿Por qué le negaste la petición?
—Ya te dije que no quiero otra chica. No insistas.
—¿Pero no entiendes que tienes que rehacer tu vida?
—¿Y tú no entiendes que te amo? ¿no entiendes que no quiero otra cosa chica que no sea Marie Milton?
—Pero es que yo ya no estoy contigo, entiendelo, Matt.
—Yo siempre estaré contigo aunque no estés.
Marie desapareció. Minutos después llegué a casa. Vi una nota de mi madre sobre la mesa.
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Hice caso a mi madre, y comí un poco. No tenía hambre pero tenía que comer. Después me senté a ver la televisión. El volumen del televisor empezó a bajar, luego a subir, y finalmente como sospeché, Marie estaba a mi lado.
—¿Por qué no me dejas cumplir mi objetivo?
—Porque no estoy de acuerdo con él.
—¿Y tú crees que yo estoy de acuerdo con que estés así? ¿piensas quedarte soltero toda tu vida?
—Dicen que los perros y los gatos son buena compañía.
—Ya, también cuentan por ahí que sigues siendo igual de gilipollas que siempre.
—Vaya, cariño, yo también te quiero.
—¿Y tú crees que no te quiero? ¿crees que hago esto por gusto?
—Pero es que yo no quiero. Entiendelo.
—Buenas noches.
Marie volvió a desaparecer. Apagué el televisor, me quedé pensando entre la oscuridad. Quizás tiene razón, quizás necesito empezar con otra persona pero no puedo. Siento una adicción a Marie. La amo demasiado y para mi salir con otra persona sería traicionarla.
Me levanté desganado. Me sentía fatigado, confuso, necesitaba dormir. Subí las escaleras cabizbajo, con la mirada perdida en alguna parte. Llegué a mi habitación, mi cama aún seguía desecha. Curiosamente el aroma a vainilla de Marie estaba allí. ¿Estaba conmigo? Puede. Me tumbé en la cama, me arropé y cerré los ojos. Oí un susurro que decía «buenas noches, precioso», a lo que yo dije «buenas noches, princesa», sabía perfectamente que era ella. Cerré los ojos y quedé completamente dormido.
A la mañana siguiente desperté a la vez que frotaba mis ojos. Se me olvidó bajar la persiana anoche, y los rayos de luz pegaban fuerte sobre mis ojos. Oí que llamaban a la puerta, supuse que era mi madre. Bajé bostezando, y abrí la puerta. Era Jack, mi mejor amigo.
—Hey, ¿qué pasa, bro? Me enteré de lo de tu chica, que mal... Lo siento.
—Hey. No.., no pasa nada, tranquilo. ¿Quiéres pasar? —dije abriéndole paso.
—Claro —entró—. ¿Estás solo?
—Sí. Me acabo de despertar. ¿Quieres desayunar? Me muero de hambre.
—No, gracias. Acostumbro a desayunar a las diez de la mañana, no a las doce del mediodía. Pero si me das una cerveza fresquita, no me quejo.
—Vale.
Fui a preparar el desayuno y a por la cerveza de Jack. Aún pensaba en las apariciones de Marie. Me parecían totalmente increíbles. Dejé a mi cabeza evadirse una vez más entre los recuerdos que aún guardo. Empecé a recordar la vez que estábamos preparando el desayuno, me llené la boca de nutella a propósito, y ella me la quitó a besos. O el día que hicimos una guerra de comida, espaguetis, harina, huevos y agua volaban por la cocina, fue muy gracioso.
Terminé de preparar el desayuno y cogí la cerveza de Jack. Fui al salón y me senté en el sofá junto a él.
—Gracias —dijo cogiendo la lata de cerveza—. ¿Piensas hacer algo hoy?
—La verdad es que no. Ayer Maddie me ofreció quedar pero le dije que no. Aún me afecta demasiado la muerte de Marie.
—¿Qué te parece si te vienes a la pista de skate a marcarte unos cuantos ollies?
—No se, ya veré.
—Vamos, tienes que distraerte —dijo dando un sorbo a su lata—. Terminate el desayuno, agarra tu skate y vístete.
—Está bien —dije terminando mi taza de café.
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