Yo me levanté y le dije a mi madre que me iba a dormir. Le di un beso de buenas noches, y subí las escaleras junto a Marie. Ella desapareció a mitad de los escalones. Cuando llegué a mi habitación cerré la puerta, me senté en mi cama y esperé a que volviese a aparecer.
—Hola cariño.
—Hola pequeña.
—¿Cómo pasaste el día hoy? —preguntó.
—La verdad que lo he pasado bien —contesté—. Mañana hacemos 3 años y 4 meses, ¿recuerdas?
—Mañana hacemos nada, Matt —dijo cabizbaja.
—Pero mañana es 1 de Julio...
—Lo sé, pero estoy muerta, entiéndelo. Tú y yo ya no somos nada.
—Podemos estar juntos así.
—Matt, no puedes besarme, no puedes abrazarme, no puedes agarrar mi mano, no puedes hacer nada. Tú crecerás y yo me quedaré así toda la vida —explicó—. Tienes que rehacer tu vida, solo tienes 18 años.
—Me niego.
—Matt, yo tarde o temprano tengo que irme, no puedes retrasarme más.
—Pero es que...
—Sh, duérmete. Por cierto, la chica de hoy era muy guapa. Se llama Jade, por si te lo preguntas.
—¿Cómo lo sabes? —pregunté.
—Lo veo todo, Matt. Descansa, pequeño.
Marie se posó en mis labios, fue muy leve pero sentí un escalofrío. Después se apartó y me sonrió.
—Que tu no sientas mis besos, no quiere decir que yo no sienta los tuyos —dijo.
Me guiñó un ojo y después desapareció. Quedé totalmente asombrado por esto, la verdad.
Abrí las sábanas y me tumbé en la cama. Pensé en lo que hice durante todo el día, incluso en la chica esta.., ¿cómo dijo que se llamaba?, ehmmm... ¿Jade? Sí, eso, Jade. Cerré los ojos y quedé dormido completamente.
A la mañana siguiente me desperté, tomé el desayuno, me vestí y salí a la calle. Llevaba unos pantalones de chandal grises, suelto por arriba y más ajustado por abajo. Llevaba unas supras, con una gorra TO$A y unas gafas de sol. También una camiseta de los Lakers.
No sabía exactamente dónde iba, simplemente a caminar. Vi la heladería abierta y llevaba un poco de dinero, así que entré a comprar un helado.
—Buenos días. Me apetecía un.. —dije sin terminar la frase al ver quien era la dependienta.
—Uh, yo a ti te conozco. Eres el chico que casi me mata con el skate —dijo entre risas.
—El mismo —sonreí—. No sabía que eras de aquí.
—No soy de aquí. Me mudé porque mi padre encontró trabajo. Me llamo Jade, ¿y tú?
—«Vaya, al parecer Marie estaba en lo cierto» —pensé—. Vaya, menuda sorpresa. Yo me llamo Matt, encantado.
—¡JADE, SI TE TRAJE A TRABAJAR ES PARA QUE TRABAJES, NO PARA QUE TE SOCIALICES, PARA ESO TIENES LAS HORAS LIBRES! —dijo la voz grave de un hombre desde dentro de la cocina.
—¡LO SIENTO, PAPÁ! —contestó—. Bueno, ¿qué te apetece?
—Pues un helado de chocolate estaría bien.
—De acuerdo, señor.
—¿Señor? —reí.
—Tengo que ser educada con los clientes.
—Vaya, buena dependienta. Ponme dos helados mejor. El otro ponmelo de tu sabor favorito.
—En seguida.
La chica sonrió y se puso a preparar las tarrinas de helado de inmediato. Después las puso sobre el mostrador, las pagué y le di las gracias. Ella no paraba de mirarme, y yo lo podía notar, me sentía totalmente observado, pero observado por buenos ojos. Bonitos, por cierto. Cogí el helado de chocolate y dejé la otra tarrina sobre el mostrador. Ella me miró extrañada.
—¿Y el otro no te lo llevas? —preguntó.
—No.
—¿Entonces para qué lo pides?
—Para ti, que lo disfrutes —sonreí mientras me acercaba a la puerta—. Espero verte pronto, Jade —dije antes de salir de la tienda.
—Y yo a ti, Matt.
Le guiñé un ojo y salí de la tienda. Me dirigí al parque, me senté en un banco y me tomé mi helado. No tardó mucho en aparecer Marie.