viernes, 30 de agosto de 2013

CAPÍTULO 6.

Yo me levanté y le dije a mi madre que me iba a dormir. Le di un beso de buenas noches, y subí las escaleras junto a Marie. Ella desapareció a mitad de los escalones. Cuando llegué a mi habitación cerré la puerta, me senté en mi cama y esperé a que volviese a aparecer.


—Hola cariño.
—Hola pequeña.
—¿Cómo pasaste el día hoy? —preguntó.
—La verdad que lo he pasado bien —contesté—. Mañana hacemos 3 años y 4 meses, ¿recuerdas?
—Mañana hacemos nada, Matt —dijo cabizbaja.
—Pero mañana es 1 de Julio...
—Lo sé, pero estoy muerta, entiéndelo. Tú y yo ya no somos nada.
—Podemos estar juntos así.
—Matt, no puedes besarme, no puedes abrazarme, no puedes agarrar mi mano, no puedes hacer nada. Tú crecerás y yo me quedaré así toda la vida —explicó—. Tienes que rehacer tu vida, solo tienes 18 años.
—Me niego.
—Matt, yo tarde o temprano tengo que irme, no puedes retrasarme más.
—Pero es que...
—Sh, duérmete. Por cierto, la chica de hoy era muy guapa. Se llama Jade, por si te lo preguntas.
—¿Cómo lo sabes? —pregunté.
—Lo veo todo, Matt. Descansa, pequeño.


Marie se posó en mis labios, fue muy leve pero sentí un escalofrío. Después se apartó y me sonrió.


—Que tu no sientas mis besos, no quiere decir que yo no sienta los tuyos —dijo.


Me guiñó un ojo y después desapareció. Quedé totalmente asombrado por esto, la verdad.
Abrí las sábanas y me tumbé en la cama. Pensé en lo que hice durante todo el día, incluso en la chica esta.., ¿cómo dijo que se llamaba?, ehmmm... ¿Jade? Sí, eso, Jade. Cerré los ojos y quedé dormido completamente.
A la mañana siguiente me desperté, tomé el desayuno, me vestí y salí a la calle. Llevaba unos pantalones de chandal grises, suelto por arriba y más ajustado por abajo. Llevaba unas supras, con una gorra TO$A y unas gafas de sol. También una camiseta de los Lakers.
No sabía exactamente dónde iba, simplemente a caminar. Vi la heladería abierta y llevaba un poco de dinero, así que entré a comprar un helado.


—Buenos días. Me apetecía un.. —dije sin terminar la frase al ver quien era la dependienta.
—Uh, yo a ti te conozco. Eres el chico que casi me mata con el skate —dijo entre risas.
—El mismo —sonreí—. No sabía que eras de aquí.
—No soy de aquí. Me mudé porque mi padre encontró trabajo. Me llamo Jade, ¿y tú?
—«Vaya, al parecer Marie estaba en lo cierto» —pensé—. Vaya, menuda sorpresa. Yo me llamo Matt, encantado.
—¡JADE, SI TE TRAJE A TRABAJAR ES PARA QUE TRABAJES, NO PARA QUE TE SOCIALICES, PARA ESO TIENES LAS HORAS LIBRES! —dijo la voz grave de un hombre desde dentro de la cocina.
—¡LO SIENTO, PAPÁ! —contestó—. Bueno, ¿qué te apetece?
—Pues un helado de chocolate estaría bien.
—De acuerdo, señor.
—¿Señor? —reí.
—Tengo que ser educada con los clientes.
Vaya, buena dependienta. Ponme dos helados mejor. El otro ponmelo de tu sabor favorito.
—En seguida.


La chica sonrió y se puso a preparar las tarrinas de helado de inmediato. Después las puso sobre el mostrador, las pagué y le di las gracias. Ella no paraba de mirarme, y yo lo podía notar, me sentía totalmente observado, pero observado por buenos ojos. Bonitos, por cierto. Cogí el helado de chocolate y dejé la otra tarrina sobre el mostrador. Ella me miró extrañada.


—¿Y el otro no te lo llevas? —preguntó.
—No.
—¿Entonces para qué lo pides?
—Para ti, que lo disfrutes —sonreí mientras me acercaba a la puerta—. Espero verte pronto, Jade —dije antes de salir de la tienda.
—Y yo a ti, Matt.


Le guiñé un ojo y salí de la tienda. Me dirigí al parque, me senté en un banco y me tomé mi helado. No tardó mucho en aparecer Marie.

jueves, 29 de agosto de 2013

CAPÍTULO 5.

Terminé de desayunar y subí a mi habitación. Hice la cama, abrí el armario y lo recorrí con la mirada unas tres veces buscando algo que ponerme. Finalmente encontré la camiseta favorita de Marie. Siempre que me la ponía decía «adoro esa camiseta, ¿sabes?», y me sonreía. Era blanca, básica, sin mangas, pero a Marie le encantaba como me queda. Me puse unas bermudas rojas de las que uso para jugar al baloncesto o hacer deporte. Calcé unas converse blancas y me puse una gorra roja. Cogí mi skate, y antes de salir Marie volvió a colocarse delante mía.


—Me alegra que hayas aceptado la propuesta de Jack.
—Lo hice por ti.
—Pues ya que hiciste eso, déjame cumplir mi objetivo.
—Ya dije que no, y no insistas.


Marie volvió a desaparecer. Yo bajé los escalones con el skate bajo mi brazo. Avisé a Jack de que ya estaba listo. Se levantó del sofá enérgico y sonriéndome. Nos fuimos a su casa a recoger el skate y luego nos fuimos a las pistas. Estuvimos allí hasta el mediodía. Luego me dijo de ir a comer a McDonald’s y no me negué. Estábamos comiendo y nos encontramos a Wendy, la novia de Jack. Se acercó a saludarnos y se fue, ya que estaba con unas amigas.


—¿Cómo llevas lo de Marie? —preguntó mientras metía una patata en la boca.
—Bueno, la verdad es que mal, pero intento estar bien. A ella no le gustaría que estuviese como hace unos días.


Jack asintió con la cabeza y continuó comiendo.


—Marie me decía que la clave para estar bien era reír cuando pudiese y llorar cuando lo necesite. Y eso hago.
—Me parece una frase muy sensata.


Di un sorbo a mi vaso de coca-cola, y asentí. En mi mente había algo que me decía que realmente estoy mintiendo a todos, incluso a mi mismo para no hacer daño a la gente. Marie volvió a aparecer frente a mi, y me sonrió. Yo evité sonreírle para que Jack no sospechara nada, pero se que ella sabía perfectamente que quería sonreírle. Se me hace duro tenerla al lado y no poder tocarla, no se si me explico. Y se que ella también se muere por agarrar mi mano.
Jack se levantó para ir al baño antes de irnos.
—Te amo, Marie —susurré aprovechando que Jack fue al baño.
—Y yo a ti, Matt —contestó sonriendo.
—Oye, ¿qué pasa si cumples tu objetivo?
—Pues que no me volverás a ver.
—Eso no es justo.
—Sí lo es. No puedo quedarme aquí eternamente.


Marie volvió a desaparecer. Jack terminó en el baño y salimos del local en dirección a su casa. Pasamos la tarde en su casa jugando con su xBox, viendo una película, comiendo palomitas. Su madre me ofreció quedarme a dormir, pero me negué. Tenía ganas de volver a casa y dormir, estaba cansado. Cuando salí de casa de Jack monté en mi skate y volví a casa en él, con la mala suerte de que choqué con una chica a la que no vi.


—Vaya, lo siento, ¿estás bien? —pregunté levantándome del suelo y ofreciéndole mi mano para ayudarla a levantar—. No te vi.
—Sí, no te preocupes, yo tampoco te vi. Iba entretenida en mis pensamientos —Dijo agarrando mi mano—. Gracias.
—Bueno, dejo que sigas tu camino y ve con más cuidado la próxima vez, yo haré lo mismo.
—Claro. Hasta otra —sonrió.


Era una chica guapa, de ojos verdes, morena. Sí, me fijé en sus ojos. Tenía una sonrisa realmente preciosa.
Regresé a casa, allí estaba mi madre pero mi hermano aún no había vuelto. Mamá estaba haciendo la cena. Me acerqué a ella, la abracé y luego me tomé una ducha con el agua bien caliente. Adoro sentir como el agua caliente se posa en cada uno mis poros, humedeciendo mi piel. Salí de la ducha, me puse tan sólo unos boxers y salí a cenar. Mi hermano tampoco dormía hoy en casa. Mi madre me ha dicho que se pasará unos días con mi padre.
Estaba cenando con mi madre, y un incómodo silencio reinaba en la sala. Ella me miraba, yo la miraba, y entonces decidió romper el silencio.


—¿Qué hiciste hoy?
—Pues vino Jack y me dijo de ir a hacer un poco de skate. Después fuimos a comer a McDonald’s y más tarde pasamos unas horas en casa de Jack. Luego volví y me choqué sin querer con una chica. No la vi. Iba entretenido en mis cosas, ella también y caí con el skate sobre ella.
—Vaya —dijo con tono de preocupación—. ¿Te hiciste daño? ¿y la chica?
—No, que va. Afortunadamente no fue un golpe muy fuerte.
Mi madre asintió y no volvió a hablar más. Terminó su comida, esperó a que yo terminase y recogió los platos. Yo cogí una cerveza de la nevera y me la tomé mientras veía un poco de televisión con mi madre. Desde que murió Marie no estamos muy juntos que se diga, y me gusta pasar tiempo con ella. Es la mujer que más luchó por mi en el mundo, y la quiero con locura. De repente sentí ese escalofrío otra vez, ese que aparece cuando Marie viene a verme. Efectivamente estaba a mi lado, sonriéndome. Ella empezó a hablarme, pero yo no podía hablarle a ella, mi madre estaba a mi lado.


—Hola Matt. Necesito hablar contigo. Sube a tu habitación cuando puedas, ¿sí?


Asentí levemente.

miércoles, 28 de agosto de 2013

CAPÍTULO 4.

A medida que Maddie se iba alejando, Marie se acercaba a mi, con gesto enfadado. Yo no le hacía caso. Seguía mi camino hasta casa, cabizbajo. Marie me seguía, parecía que esperaba algo, pero no quería discutir con ella. Me iban a tratar de loco, y.., no es muy agradable la idea.


¿Por qué le negaste la petición?
—Ya te dije que no quiero otra chica. No insistas.
—¿Pero no entiendes que tienes que rehacer tu vida?
—¿Y tú no entiendes que te amo? ¿no entiendes que no quiero otra cosa chica que no sea Marie Milton?
—Pero es que yo ya no estoy contigo, entiendelo, Matt.
—Yo siempre estaré contigo aunque no estés.


Marie desapareció. Minutos después llegué a casa. Vi una nota de mi madre sobre la mesa.


(hacer click en la imagen para leer mejor).



Hice caso a mi madre, y comí un poco. No tenía hambre pero tenía que comer. Después me senté a ver la televisión. El volumen del televisor empezó a bajar, luego a subir, y finalmente como sospeché, Marie estaba a mi lado.


—¿Por qué no me dejas cumplir mi objetivo?
—Porque no estoy de acuerdo con él.
—¿Y tú crees que yo estoy de acuerdo con que estés así? ¿piensas quedarte soltero toda tu vida?
—Dicen que los perros y los gatos son buena compañía.
—Ya, también cuentan por ahí que sigues siendo igual de gilipollas que siempre.
—Vaya, cariño, yo también te quiero.
—¿Y tú crees que no te quiero? ¿crees que hago esto por gusto?
—Pero es que yo no quiero. Entiendelo.
—Buenas noches.
Marie volvió a desaparecer. Apagué el televisor, me quedé pensando entre la oscuridad. Quizás tiene razón, quizás necesito empezar con otra persona pero no puedo. Siento una adicción a Marie. La amo demasiado y para mi salir con otra persona sería traicionarla.
Me levanté desganado. Me sentía fatigado, confuso, necesitaba dormir. Subí las escaleras cabizbajo, con la mirada perdida en alguna parte. Llegué a mi habitación, mi cama aún seguía desecha. Curiosamente el aroma a vainilla de Marie estaba allí. ¿Estaba conmigo? Puede. Me tumbé en la cama, me arropé y cerré los ojos. Oí un susurro que decía «buenas noches, precioso», a lo que yo dije «buenas noches, princesa», sabía perfectamente que era ella. Cerré los ojos y quedé completamente dormido.
A la mañana siguiente desperté a la vez que frotaba mis ojos. Se me olvidó bajar la persiana anoche, y los rayos de luz pegaban fuerte sobre mis ojos. Oí que llamaban a la puerta, supuse que era mi madre. Bajé bostezando, y abrí la puerta. Era Jack, mi mejor amigo.


—Hey, ¿qué pasa, bro? Me enteré de lo de tu chica, que mal... Lo siento.
—Hey. No.., no pasa nada, tranquilo. ¿Quiéres pasar? —dije abriéndole paso.
—Claro —entró—. ¿Estás solo?
—Sí. Me acabo de despertar. ¿Quieres desayunar? Me muero de hambre.
—No, gracias. Acostumbro a desayunar a las diez de la mañana, no a las doce del mediodía. Pero si me das una cerveza fresquita, no me quejo.
—Vale.


Fui a preparar el desayuno y a por la cerveza de Jack. Aún pensaba en las apariciones de Marie. Me parecían totalmente increíbles. Dejé a mi cabeza evadirse una vez más entre los recuerdos que aún guardo. Empecé a recordar la vez que estábamos preparando el desayuno, me llené la boca de nutella a propósito, y ella me la quitó a besos. O el día que hicimos una guerra de comida, espaguetis, harina, huevos y agua volaban por la cocina, fue muy gracioso.
Terminé de preparar el desayuno y cogí la cerveza de Jack. Fui al salón y me senté en el sofá junto a él.


—Gracias —dijo cogiendo la lata de cerveza—. ¿Piensas hacer algo hoy?
—La verdad es que no. Ayer Maddie me ofreció quedar pero le dije que no. Aún me afecta demasiado la muerte de Marie.
—¿Qué te parece si te vienes a la pista de skate a marcarte unos cuantos ollies?
—No se, ya veré.
—Vamos, tienes que distraerte —dijo dando un sorbo a su lata—. Terminate el desayuno, agarra tu skate y vístete.

—Está bien —dije terminando mi taza de café.

martes, 27 de agosto de 2013

CAPÍTULO 3.

Estaba claro que no terminó la carta. No entiendo como podía ser tan perfecta. Me senté en su cama. Aún estaba allí el aroma de su perfume con olor a vainilla, rica vainilla.  
Comencé a observar su habitación, tan desordenada como siempre. Peluches sobre el escritorio o tirados por el suelo, ropa sobre la silla, marcos de fotos doblados. Adoraba su perfecto desorden, y eso que yo siempre fui todo lo contrario. Después me detuve a mirar su cama, donde juntos perdimos la virginidad. Aquella noche fue realmente mágica. Tras hacer el amor quedamos dormidos juntos, ella sobre mi pecho desnudo y pidiéndome que no la dejase jamás. Lo que no imaginaba es que sería ella quien me dejaría a mi, contra su voluntad.
Cuando volví a mi uso de razón y dejé de evadirme entre mis numerosos recuerdos con ella, me levanté de la cama. Me disponía a salir de la habitación, cuando de repente una corriente hizo que la puerta cerrara sola dejándome dentro. Miré a todos lados, la temperatura comenzó a bajar, tenía frío, mucho. Después comenzó a subir otra vez y noté que alguien me observaba. Me di la vuelta y no, no podía ser, estaba Marie.


—¿Qué? ¿cómo? —dije asombrado, casi sin poder articular palabra.
—Shh, no hables muy alto, pueden oírte.
—¿Qué haces aquí? —susurré.
—En realidad no estoy aquí. Solo tú puedes verme.
—¿Puedo tocarte?
—No. No soy humana —dijo cabizbaja—. Toma asiento, tengo que explicarte todo.


Hice caso a lo que Marie me pidió, y me volví a sentar en su cama. Ella sonrió de medio lado, parece que también se acuerda de lo que pasó aquella noche. Iba vestida con su uniforme de trabajo. Dicen que cuando una persona muere, su espíritu lleva la ropa con la que murió eternamente. Yo no paraba de mirarla asombrado, boquiabierto.


—Verás, Matt, tú eres la única persona que puede verme, porque eres la persona por la que mi alma aún sigue aquí. Si no pones de tu parte, esto que estoy haciendo no servirá de nada.
—¿Y qué se supone que estás haciendo?
—Mi último objetivo antes de irme definitivamente.
—¿Último objetivo? ¿de qué hablas?
—Debo dejarte con otra chica, con total seguridad de que estás bien con ella. Mi objetivo es que seas feliz. Es sencillo, ¿no?
—Es que yo no puedo ser feliz si tú no estás conmigo.
—Sí, y debo demostrártelo. Llevo observándote toda la semana antes de aparecerme. Te vi llorar esta mañana, y me senté junto a ti en la lápida esta tarde. Te abracé cuando mi madre te contó la noticia de mi muerte, y leí mi carta junto a ti.
—No podrás mostrarlo, es imposible. ¿Por qué no te vi?
—Créeme que sí. Necesitaba asegurarme del momento indicado, y no hay más indicado que este. Ahora tengo que irme, vuelve a casa.
—Acompáñame.
—No puedo, vuelve —dijo mientras desaparecia.


Al verla desaparecer, lágrimas corrieron por mis mejillas. Las sequé como pude y salí de la habitación. Me despedí de los Milton, y volví a casa. No podía creer lo que acababa de ocurrir. Cuando volvía a casa me encontré a Maddie, una chica de mi clase. Oh dios, Marie, espero que no tengas nada que ver en esto.


—Hola Matt —dijo esbozando una sonrisa.
—Buenas noches, Maddie.
—¿Cómo estás? Llevas una semana totalmente ausente, y en clase antes de dar las vacaciones te noté muy serio. ¿Ocurrió algo?
—No, nada. Tranquila.
—No me lo creo. ¿Qué te parece si vamos mañana a tomar algo y me cuentas?
—Te lo agradezco pero...


Iba a contestarle que no, pero entonces Marie volvió a aparecer tras Maddie, haciéndome señas para que aceptase la petición.


—.., estoy un tanto ocupado últimamente —mentí.
—Vaya. Bueno, otro día será. ¿Vas a casa?
—Sí, ya es tarde.
—¿Quiéres que te acompañe?


Marie volvió a hacer señas, pero una vez más hice caso omiso.


—No, tranquila. Vivo cerca de aquí.
—De acuerdo, Matt. Ya nos vemos. Adiós.

—Adiós, Maddie.

domingo, 25 de agosto de 2013

CAPÍTULO 2.

Volví a evadirme en mis numerosos pensamientos y recuerdos. Era la única manera de sentirla conmigo, aquí cerca. «Quizás la clave sea reír cuando puedas y llorar cuando lo necesites, ¿no crees?», «Cuando tengamos nuestra propia casa decoraré todo yo, tú tienes muy mal gusto. JAJAJAJA», «Agarra mi mano, Matt. No preguntes la causa, pero me siento más segura así». Sonrisas, recuerdos, frases.., eso es lo único que ocupa mi mente en estos momentos.


—¡MAAAAAAAAAAATT! —gritó mi madre desde el salón—. ¡BAJA A COMER!


Sinceramente no tenía hambre en absoluto. Hice oídos sordos, me coloqué mis auriculares y puse una canción al azar en mi iPod. Mi madre no tardó en subir y obligarme a bajar. Bajé desganado, con la mirada apagada, cabizbajo. Me senté en la mesa, mi hermano ya había terminado de comer. Mi madre aprovechó la ocasión para volver a hablar conmigo sobre Marie, cómo no.


—¿Vas a seguir con esta actitud mucho tiempo?
—¿Y tú vas a seguir metiéndote en mi vida mucho tiempo? Parece mentira que no estés afectada, mamá. Ella te quería mucho.
—Una cosa es que me afecte, y otra que pierda mi vida por ella. Claro que me afecta saber que está muerta, pero no hay otra, hijo. Acéptalo.
—Quizás es que no quiero, mamá. Sabes lo que significaba ella para mi.
—Pero por lo que se ve, no sabes lo que tú significas para mi. No sabes lo que me duele verte así, Matt.


Se creó un incómodo silencio en la sala. Entonces apareció Ethan detrás de la puerta del comedor, con una expresión de duda en su rostro, y a la vez tristeza.


—¿Quién ha muerto, mamá?
—Nadie, hijo. Vuelve al salón.
—Matt, ha muerto Marie, ¿verdad?
—No, Ethan. Marie está bien —mentí conteniendo las lágrimas.
—Prométemelo.
—Ethan, hijo, vuelve al salón.
—Déjame, mamá. Matty, contéstame.
—Sí, Ethan, ha muerto.


Dicho esto, me retiré de la mesa y subí a mi habitación otra vez. Oía como Ethan lloraba en la habitación de al lado. Para mi también era doloroso esto, mucho. Así que lo entendía.
Pasaron las horas, tan lentas como desde hace una semana. Decidí vestirme e ir al cementerio a llevarle algunas flores. Cogí una gorra, unas bermudas vaqueras, una camiseta que ella misma me regaló, y mis vans. Avisé a mi madre de que iba a salir, y me fui. Fui a la floristería, compré un ramo de rosas blancas y fui al cementerio. Una vez allí encontré su lápida, donde estaba escrito su nombre:



Me resultó demasiado duro ver ese nombre ahí, en esa lápida gris. Dejé las flores, recé por ella, y me senté junto a la lápida unos minutos. Empecé a llorar otra vez, como llevaba haciendo todos los días desde hace una semana, sin saltarme uno solo. La idea de que ella ya no estaba conmigo me mataba. De repente se me vino a la mente esa jodida frase de mi madre, «un Steele es fuerte, y tú eres un Steele». Se que mi madre sólo quiere lo mejor para mi, pero en estos momentos lo mejor para mi es Marie. Se empezó a hacer tarde, así que pensé que ya era hora de volver a casa. Volví por la calle donde me cogía de camino su casa. Pensé en pedirle a su madre permiso para entrar en la habitación de mi chica.
Llegué, llamé a la puerta y me abrió la Sra. Milton.


—Buenas noches, señora Milton.
—Buenas noches, Matt. ¿Necesitas algo?
—Vine a pedirle permiso para entrar a la habitación de su hija aunque sea por última vez.
—Claro, adelante —dijo abriéndome paso.


Entré a la casa de los Milton. Estaba tan ordenada como siempre, pero mucho más fría que de costumbre. Saludé al Sr. Milton, y subí las escaleras hasta la habitación de Marie. Cuando entré vi su cama sin hacer, supuse que la dejó así antes de irse a trabajar. No es que fuese muy ordenada precisamente. Sobre su escritorio había una rosa roja con una carta, y junto a ésta, una foto nuestra. No pensaba leer la carta, pero vi que junto a ella había un sobre que ponía mi nombre. Cogí el folio escrito por ella, y comencé a leer:


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sábado, 24 de agosto de 2013

CAPÍTULO 1.


 Un día más tras el fatídico accidente estoy aquí, tirado en mi cama sin ganas de nada. Mi madre no entiende lo que me ocurre. Según ella soy un Steele y tengo que ser fuerte, pero mis fuerzas están totalmente perdidas desde aquel día. Recuerdo que la señora Milton me llamó para comunicarme lo ocurrido. Ha pasado una semana y yo aún puedo sentir lo que sentí ese día. Yo se que a ella no le gustaría verme así, pero si ya de todas formas no me puede ver, ¿qué más da?

—Hijo, deberías levantarte. Date un paseo, tomar un poco de aire te vendrá bien.
—Mamá, no insistas.
—No puedes estar lamentando el suceso toda tu vida. No fue culpa tuya, Matt, entiéndelo.
—Si hubiese ido a darle la comida al trabajo como siempre hacía, esto no habría pasado. Ella no hubiese salido a comer y no hubiese recibido ningún disparo en ese atraco.
—Pero estabas estudiando para tus exámenes finales, y eso ella lo entendió perfectamente. Vamos, Matt. Eres un St...
—¡QUE SEA UN STEELE NO QUIERE DECIR QUE YO NO LA QUISIESE, JODER! —interrumpí, y entonces cerré la puerta de mi habitación.

 Mi madre y yo estábamos hablando de mi novia, Marie. Llevaba 3 años con ella, fue mi primer amor y esperaba ser el último. Cogí un marco de fotos que tenía sobre mi mesilla de noche. En ese marco había una foto de ella, tan preciosa como siempre. Tras la foto escondía una carta que ella misma escribió hace unos meses, y yo la tenía dentro del marco para leerla cuando me apeteciera. Saqué la carta del marco y comencé a leerla:

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Ella fue la única chica que llegó a amarme de verdad, y lo más importante: me enseñó a amar. Aquel día, 22 de Junio del 2012, mi vida dejó de tener sentido porque se fue a la tumba con ella. Yo siempre solía ir a llevarle la comida al trabajo todos los sábados, ya que era el único día que tenía que almorzar en esa tienda asquerosa, pero ese día, mi madre y su obsesión por tener al hijo perfecto me obligaron a quedarme en casa estudiando para el examen final antes de la evaluación. Mi hermano adoraba a Marie, de hecho siempre me preguntaba si vendría. Aún no sabe que ella ya no está entre nosotros. Si lo supiera sería un golpe realmente duro para él.

—¿Puedo pasar, Matt? —dijo Ethan, mi hermano, a través de la puerta.
—Claro enano, pasa.

 El chico entró y se sentó junto a mi en la cama. Notó que estuve llorando, ya que se notaba a leguas, no se si por mis ojos hinchados, las ojeras de no dormir, mi cama y rostro húmedos, o todo junto.

—¿Qué te pasa? ¿por qué no viene Marie a consolarte como siempre?
—Ella ya no va a venir más, enano.
—Te ha dejado y por eso lloras, ¿no?
—No exáctamente.
—¿Entonces? —dijo con tono curioso.
—No puedo explicarte, Ethan. Sal un rato, luego hablamos.
—Venía a enseñarte mi nuevo juego de Play Station 3, ¿no te apetece jugar conmigo?
—Ahora mismo no, Ethan. Sal, luego jugaremos, por favor.
—De acuerdo. Por cierto, Marie sale muy guapa en esa foto.

 Ethan salió de la habitación con su nuevo videojuego. Parecía contento. Si supiera lo que ocurrió...